POESÍA INOLVIDABLE

POESÍA INOLVIDABLE
Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Rafael Blanco Belmonte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Rafael Blanco Belmonte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de octubre de 2012

SEMBRANDO

De aquel rincón bañado por los fulgores 
del sol que nuestro cielo triunfante llena; 
de la florida tierra donde entre flores 
se deslizó mi infancia dulce y serena; 
envuelto en los recuerdos de mi pasado, 

borroso cual lo lejos del horizonte, 
guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado, 
del sembrador más raro que hubo en el monte. 

Aún no se si era sabio, loco o prudente 
aquel hombre que humilde traje vestía; 
sólo sé que al mirarle toda la gente 
con profundo respeto se descubría. 


Y es que acaso su gesto severo y noble 
a todos asombraba por lo arrogante: 
¡hasta los leñadores mirando al roble 
sienten las majestades de lo gigante! 
Una tarde de otoño subí a la sierra 
y al sembrador, sembrando, miré risueño; 
¡desde que existen hombres sobre la tierra 
nunca se ha trabajado con tanto empeño! 
Quise saber, curioso, lo que el demente 
sembraba en la montaña sola y bravía; 
el infeliz oyóme benignamente 
y me dijo con honda melancolía: 
Siembro robles y pinos y sicomoros; 
quiero llenar de frondas esta ladera, 
quiero que otros disfruten de los tesoros 
que darán estas plantas cuando yo muera. 

¿Por qué tantos afanes en la jornada 
sin buscar recompensa?— dije. Y el loco 
murmuró, con las manos sobre la azada: 
Acaso tú imagines que me equivoco; 
acaso, por ser niño, te asombre mucho 
el soberano impulso que mi alma enciende; 
por los que no trabajan, trabajo y lucho; 
si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende! 
Hoy es el egoísmo torpe maestro 
a quien rendimos culto de varios modos: 
si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro. 

¡Nunca al cielo pedimos pan para todos! 
En la propia miseria los ojos fijos, 
buscamos las riquezas que nos convienen 
y todo lo arrostramos por nuestros hijos. 

¿Es que los demás padres hijos no tienen?... 
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre 
y, en las guerras brutales con sed de robo, 
hay siempre un fratricida dentro del hombre, 
y el hombre para el hombre siempre es un lobo. 

Por eso cuando al mundo, triste, contemplo, 
yo me afano y me impongo ruda tarea 
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo 
aunque pobre y humilde parezca y sea. 
¡Hay que luchar por todos los que no luchan! 
¡Hay que pedir por todos los que no imploran! 
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan! 
¡Hay que llorar por todos los que no lloran! 
Hay que ser cual abejas que en la colmena 
fabrican para todos dulces panales. 

Hay que ser como el agua que va serena 
brindando al mundo entero frescos raudales. 
Hay que imitar al viento, que siembra flores 
lo mismo en la montaña que en la llanura, 
y hay que vivir la vida sembrando amores, 
con la vista y el alma siempre en la altura. 

Dijo el loco, y con noble melancolía 
por la breña del monte siguió trepando, 
y al perderse en las sombras, aún repetía: 
¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!... 




jueves, 20 de agosto de 2009

EL VIOLÍN DE YANKO



Madre la selva canta, y canta el bosque y canta la llanura, y el roble que a las nubes se levanta, y la flor que se dobla en la espesura, y canta y juega el viento en el camino, y en el rubio trigal las amapolas, y en el cauce el arroyo cristalino, y los troncos, los tallos, las corolas, la tierra, el cielo azul, la mar gigante y las hierbas que bordan el barranco.

Madre, es una canción dulce y vibrante, que a Yanko llega y que comprende Yanko.

Era Yanko un chicuelo, más rubio y sonrosado que la aurora, con los ojos tan puros como el cielo y el alma cual de artista soñadora.

 La música del campo lo atraía..., adivinaba un himno en los rumores, que el viento recogía al besar los arbustos y las flores, y en el gorjeo matinal del ave, y en el silencio de la noche grave y en cáliz gentil de la violeta, hallaba una canción tierna y sin nombre, la canción sacrosanta del poeta, que apenas puede comprender el hombre.

Siempre que del mesón en la cocina brotaban los armónicos raudales de un violín, cuya nota cristalina es dulce cual la miel de los panales, él escuchaba con sublime encanto esa canción de arrullador cariño, y con los ojos húmedos de llanto,¡quién tuviera un violín !, pensaba el niño.

Una noche estival toda fulgores, al entreabrir sus párpados el cielo, y al entornar sus cálices las flores, arriesgóse el chicuelo a entrar en la cocina, y a impulsos de sus ansias ideales tomó el rico violín de voz perlina y le arrancó torrentes musicales.

Los peones: ¡Al ladrón!, despavoridos gritaron, despertándose del sueño, y sordo a los ruegos y gemidos, feroces maltrataron al pequeño.

Agonizaba Yanko; en su agonía, febril y estertoroso, repetía: ¡Madre, la selva canta, y canta el bosque y canta la llanura, y el roble que a las nubes se levanta, y la flor que se dobla en la espesura, y las alondras al tender el vuelo, y las hierbas que bordan el barranco!.


Y al expirar el niño, en noble anhelo, Dijo: ¿Verdad, mamita, que en el cielo Dios le dará un violín al pobre Yanko.
Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Rafael Blanco Belmonte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Rafael Blanco Belmonte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de octubre de 2012

SEMBRANDO

De aquel rincón bañado por los fulgores 
del sol que nuestro cielo triunfante llena; 
de la florida tierra donde entre flores 
se deslizó mi infancia dulce y serena; 
envuelto en los recuerdos de mi pasado, 

borroso cual lo lejos del horizonte, 
guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado, 
del sembrador más raro que hubo en el monte. 

Aún no se si era sabio, loco o prudente 
aquel hombre que humilde traje vestía; 
sólo sé que al mirarle toda la gente 
con profundo respeto se descubría. 


Y es que acaso su gesto severo y noble 
a todos asombraba por lo arrogante: 
¡hasta los leñadores mirando al roble 
sienten las majestades de lo gigante! 
Una tarde de otoño subí a la sierra 
y al sembrador, sembrando, miré risueño; 
¡desde que existen hombres sobre la tierra 
nunca se ha trabajado con tanto empeño! 
Quise saber, curioso, lo que el demente 
sembraba en la montaña sola y bravía; 
el infeliz oyóme benignamente 
y me dijo con honda melancolía: 
Siembro robles y pinos y sicomoros; 
quiero llenar de frondas esta ladera, 
quiero que otros disfruten de los tesoros 
que darán estas plantas cuando yo muera. 

¿Por qué tantos afanes en la jornada 
sin buscar recompensa?— dije. Y el loco 
murmuró, con las manos sobre la azada: 
Acaso tú imagines que me equivoco; 
acaso, por ser niño, te asombre mucho 
el soberano impulso que mi alma enciende; 
por los que no trabajan, trabajo y lucho; 
si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende! 
Hoy es el egoísmo torpe maestro 
a quien rendimos culto de varios modos: 
si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro. 

¡Nunca al cielo pedimos pan para todos! 
En la propia miseria los ojos fijos, 
buscamos las riquezas que nos convienen 
y todo lo arrostramos por nuestros hijos. 

¿Es que los demás padres hijos no tienen?... 
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre 
y, en las guerras brutales con sed de robo, 
hay siempre un fratricida dentro del hombre, 
y el hombre para el hombre siempre es un lobo. 

Por eso cuando al mundo, triste, contemplo, 
yo me afano y me impongo ruda tarea 
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo 
aunque pobre y humilde parezca y sea. 
¡Hay que luchar por todos los que no luchan! 
¡Hay que pedir por todos los que no imploran! 
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan! 
¡Hay que llorar por todos los que no lloran! 
Hay que ser cual abejas que en la colmena 
fabrican para todos dulces panales. 

Hay que ser como el agua que va serena 
brindando al mundo entero frescos raudales. 
Hay que imitar al viento, que siembra flores 
lo mismo en la montaña que en la llanura, 
y hay que vivir la vida sembrando amores, 
con la vista y el alma siempre en la altura. 

Dijo el loco, y con noble melancolía 
por la breña del monte siguió trepando, 
y al perderse en las sombras, aún repetía: 
¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!... 




jueves, 20 de agosto de 2009

EL VIOLÍN DE YANKO



Madre la selva canta, y canta el bosque y canta la llanura, y el roble que a las nubes se levanta, y la flor que se dobla en la espesura, y canta y juega el viento en el camino, y en el rubio trigal las amapolas, y en el cauce el arroyo cristalino, y los troncos, los tallos, las corolas, la tierra, el cielo azul, la mar gigante y las hierbas que bordan el barranco.

Madre, es una canción dulce y vibrante, que a Yanko llega y que comprende Yanko.

Era Yanko un chicuelo, más rubio y sonrosado que la aurora, con los ojos tan puros como el cielo y el alma cual de artista soñadora.

 La música del campo lo atraía..., adivinaba un himno en los rumores, que el viento recogía al besar los arbustos y las flores, y en el gorjeo matinal del ave, y en el silencio de la noche grave y en cáliz gentil de la violeta, hallaba una canción tierna y sin nombre, la canción sacrosanta del poeta, que apenas puede comprender el hombre.

Siempre que del mesón en la cocina brotaban los armónicos raudales de un violín, cuya nota cristalina es dulce cual la miel de los panales, él escuchaba con sublime encanto esa canción de arrullador cariño, y con los ojos húmedos de llanto,¡quién tuviera un violín !, pensaba el niño.

Una noche estival toda fulgores, al entreabrir sus párpados el cielo, y al entornar sus cálices las flores, arriesgóse el chicuelo a entrar en la cocina, y a impulsos de sus ansias ideales tomó el rico violín de voz perlina y le arrancó torrentes musicales.

Los peones: ¡Al ladrón!, despavoridos gritaron, despertándose del sueño, y sordo a los ruegos y gemidos, feroces maltrataron al pequeño.

Agonizaba Yanko; en su agonía, febril y estertoroso, repetía: ¡Madre, la selva canta, y canta el bosque y canta la llanura, y el roble que a las nubes se levanta, y la flor que se dobla en la espesura, y las alondras al tender el vuelo, y las hierbas que bordan el barranco!.


Y al expirar el niño, en noble anhelo, Dijo: ¿Verdad, mamita, que en el cielo Dios le dará un violín al pobre Yanko.

Recent Comments

Recent Posts

Copyright Text