POESÍA INOLVIDABLE

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lunes, 18 de septiembre de 2017

NO HAY PURA LUZ

No hay pura luz

ni sombra en los recuerdos:
éstos se hicieron cárdena ceniza
o pavimento sucio
de calle atravesada por los pies de las gentes
que sin cesar salía y entraba en el mercado.


Y hay otros: los recuerdos buscando aún qué morder
como dientes de fiera no saciada.
Buscan, roen el hueso último devoran
este largo silencio de lo que quedó atrás.


Y todo quedó atrás, noche y aurora,
el día suspendido como un puente entre sombras,
las ciudades, los puertos del amor y el rencor,
como si al almacén la guerra hubiera entrado
llevándose una a una todas las mercancías
hasta que a los vacíos anaqueles
llegue el viento a través de las puertas deshechas
y haga bailar los ojos del olvido.


Por eso a fuego lento surge la luz del día,
el amor, el aroma de una niebla lejana
y calle a calle vuelve la ciudad sin banderas
a palpitar tal vez y a vivir en el humo.


Horas de ayer cruzadas por el hilo
de una vida como por una aguja sangrienta
entre las decisiones sin cesar derribadas,
el infinito golpe del mar y de la duda
y la palpitación del cielo y sus jazmines.


Quién soy Aquél? Aquel que no sabía
sonreír, y de puro enlutado moría?
Aquel que el cascabel y el clavel de la fiesta
sostuvo derrocando la cátedra del frío?


Es tarde, tarde. Y sigo. Sigo con un ejemplo
tras otro, sin saber cuál es la moraleja,
porque de tantas vidas que tuve estoy ausente
y soy, a la vez soy aquel hombre que fui.


Tal vez es éste el fin, la verdad misteriosa.


La vida, la continua sucesión de un vacío
que de día y de sombra llenaban esta copa
y el fulgor fue enterrado como un antiguo príncipe
en su propia mortaja de mineral enfermo,
hasta que tan tardíos ya somos, que no somos:
ser y no ser resultan ser la vida.


De lo que fui no tengo sino estas marcas crueles,
porque aquellos dolores confirman mi existencia.

domingo, 16 de abril de 2017

EN ESTA TARDE, CRISTO DEL CALVARIO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

 ¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

 ¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

 Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

 Y sólo pido no pedirte nada.

Estar aquí junto a tu imagen muerta
e ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

domingo, 8 de mayo de 2016

APEGADO A MÍ

Gabriela Mistral
 
Velloncito de mi carne,
  que en mis entrañas tejí,
    velloncito friolento,
    ¡duérmete apegado a mí!

    La perdiz duerme en el trébol
    escuchándole latir:
    no te turben mis alientos,
    ¡duérmete apegado a mí!


Hierbecita temblorosa
asombrada de vivir,
no te sueltes de mi pecho:
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi brazo:
¡duérmete apegado a mí!

sábado, 14 de febrero de 2015

POEMA XV

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.


Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía;
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.


Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.


Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

lunes, 23 de abril de 2012

HAY UN DÍA FELIZ


A recorrer me dediqué esta tarde

Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín, y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡Ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa,
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media,
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!


domingo, 8 de mayo de 2011

LA MADRE TRISTE


Duerme, duerme, dueño mío, sin zozobra, sin temor, aunque no se duerma mi alma, aunque no descanse yo.

Duerme, duerme y en la noche seas tú menos rumor que la hoja de la hierba, que la seda del vellón.

Duerma en ti la carne mía, mi zozobra, mi temblor. En ti ciérrense mis ojos: ¡duerma en ti mi corazón!

viernes, 16 de julio de 2010

POEMA 12


Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.


Llegas como el rocío a las corolas.


Socavas el horizonte con tu ausencia.


Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.


Como ellos eres alto y taciturno.


Y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedor como un viejo camino.


Te pueblan ecos y voces nostálgicas.


Yo desperté, y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.

martes, 9 de febrero de 2010

ORACIÓN AL CRISTO DEL CALVARIO


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén,

lunes, 5 de octubre de 2009

POEMA 20


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
 y tiritan, azules, los astros a lo lejos». 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Yo la quise, a veces ella también me quiso.
 En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
 La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no
 haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella,
 Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla;
 La noche está estrellada, y ella no está conmigo.
 Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
 Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 La misma noche que hace blanquear los mismos árboles;
 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero cuánto la quise.
 Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro, Sus ojos infinitos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero tal vez la quiero;
 es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
 y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


lunes, 14 de septiembre de 2009

NOCTURNO

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

Te acordaste del fruto en febrero,
al llegarse su pulpa rubí.

¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!


Te acordaste del negro racimo
y lo diste al lagar carmesí,
y aventaste las hojas del álamo
con tu aliento, en el aire sutil.

¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!


Caminando, vi abrir las violetas,
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos mis párpados
por no ver más enero ni abril.


Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.

¡Has herido la nube de otoño
y no quieres volverte hacia mí!


Me vendió el que besó mi mejilla,
me negó por la túnica ruin.


Yo en mis versos el rostro con sangre,
como tú sobre el paño, le di;
Y en mi noche del huerto me han sido:
Juan, cobarde, y el Angel hostil.


Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin;
el cansancio del día que muere,
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!


Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas, pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de tí:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?
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lunes, 18 de septiembre de 2017

NO HAY PURA LUZ

No hay pura luz

ni sombra en los recuerdos:
éstos se hicieron cárdena ceniza
o pavimento sucio
de calle atravesada por los pies de las gentes
que sin cesar salía y entraba en el mercado.


Y hay otros: los recuerdos buscando aún qué morder
como dientes de fiera no saciada.
Buscan, roen el hueso último devoran
este largo silencio de lo que quedó atrás.


Y todo quedó atrás, noche y aurora,
el día suspendido como un puente entre sombras,
las ciudades, los puertos del amor y el rencor,
como si al almacén la guerra hubiera entrado
llevándose una a una todas las mercancías
hasta que a los vacíos anaqueles
llegue el viento a través de las puertas deshechas
y haga bailar los ojos del olvido.


Por eso a fuego lento surge la luz del día,
el amor, el aroma de una niebla lejana
y calle a calle vuelve la ciudad sin banderas
a palpitar tal vez y a vivir en el humo.


Horas de ayer cruzadas por el hilo
de una vida como por una aguja sangrienta
entre las decisiones sin cesar derribadas,
el infinito golpe del mar y de la duda
y la palpitación del cielo y sus jazmines.


Quién soy Aquél? Aquel que no sabía
sonreír, y de puro enlutado moría?
Aquel que el cascabel y el clavel de la fiesta
sostuvo derrocando la cátedra del frío?


Es tarde, tarde. Y sigo. Sigo con un ejemplo
tras otro, sin saber cuál es la moraleja,
porque de tantas vidas que tuve estoy ausente
y soy, a la vez soy aquel hombre que fui.


Tal vez es éste el fin, la verdad misteriosa.


La vida, la continua sucesión de un vacío
que de día y de sombra llenaban esta copa
y el fulgor fue enterrado como un antiguo príncipe
en su propia mortaja de mineral enfermo,
hasta que tan tardíos ya somos, que no somos:
ser y no ser resultan ser la vida.


De lo que fui no tengo sino estas marcas crueles,
porque aquellos dolores confirman mi existencia.

domingo, 16 de abril de 2017

EN ESTA TARDE, CRISTO DEL CALVARIO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

 ¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

 ¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

 Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

 Y sólo pido no pedirte nada.

Estar aquí junto a tu imagen muerta
e ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

domingo, 8 de mayo de 2016

APEGADO A MÍ

Gabriela Mistral
 
Velloncito de mi carne,
  que en mis entrañas tejí,
    velloncito friolento,
    ¡duérmete apegado a mí!

    La perdiz duerme en el trébol
    escuchándole latir:
    no te turben mis alientos,
    ¡duérmete apegado a mí!


Hierbecita temblorosa
asombrada de vivir,
no te sueltes de mi pecho:
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi brazo:
¡duérmete apegado a mí!

sábado, 14 de febrero de 2015

POEMA XV

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.


Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía;
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.


Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.


Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

miércoles, 13 de junio de 2012

ÚLTIMO BRINDIS

lunes, 23 de abril de 2012

HAY UN DÍA FELIZ


A recorrer me dediqué esta tarde

Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.

Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.

Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.

Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín, y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.

No se puede dudar, éste es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.

Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.

¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡Ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.

Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa,
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.

Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.

Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).

Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media,
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!


domingo, 8 de mayo de 2011

LA MADRE TRISTE


Duerme, duerme, dueño mío, sin zozobra, sin temor, aunque no se duerma mi alma, aunque no descanse yo.

Duerme, duerme y en la noche seas tú menos rumor que la hoja de la hierba, que la seda del vellón.

Duerma en ti la carne mía, mi zozobra, mi temblor. En ti ciérrense mis ojos: ¡duerma en ti mi corazón!

viernes, 16 de julio de 2010

POEMA 12


Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.


Llegas como el rocío a las corolas.


Socavas el horizonte con tu ausencia.


Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.


Como ellos eres alto y taciturno.


Y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedor como un viejo camino.


Te pueblan ecos y voces nostálgicas.


Yo desperté, y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.

martes, 9 de febrero de 2010

ORACIÓN AL CRISTO DEL CALVARIO


En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.


¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?


¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?


Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.


Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén,

lunes, 5 de octubre de 2009

POEMA 20


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
 y tiritan, azules, los astros a lo lejos». 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Yo la quise, a veces ella también me quiso.
 En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
 La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no
 haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella,
 Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla;
 La noche está estrellada, y ella no está conmigo.
 Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
 Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 La misma noche que hace blanquear los mismos árboles;
 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero cuánto la quise.
 Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro, Sus ojos infinitos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero tal vez la quiero;
 es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
 y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


lunes, 14 de septiembre de 2009

NOCTURNO

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

Te acordaste del fruto en febrero,
al llegarse su pulpa rubí.

¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!


Te acordaste del negro racimo
y lo diste al lagar carmesí,
y aventaste las hojas del álamo
con tu aliento, en el aire sutil.

¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!


Caminando, vi abrir las violetas,
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos mis párpados
por no ver más enero ni abril.


Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.

¡Has herido la nube de otoño
y no quieres volverte hacia mí!


Me vendió el que besó mi mejilla,
me negó por la túnica ruin.


Yo en mis versos el rostro con sangre,
como tú sobre el paño, le di;
Y en mi noche del huerto me han sido:
Juan, cobarde, y el Angel hostil.


Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin;
el cansancio del día que muere,
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!


Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas, pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de tí:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

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