POESÍA INOLVIDABLE

POESÍA INOLVIDABLE

lunes, 19 de octubre de 2009

LA CASADA INFIEL


Y que yo me la llevè al rìo
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revolver.

Ella, sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo
la luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.

Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy:
Como un gitano legítimo.

Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

jueves, 15 de octubre de 2009

CUANDO MI ESPÍRITU GALOPA


Cuando mi espíritu galopa
sus pisadas no son percibidas
parecen sonidos de pétalos
abriéndose al sol.

Cuando mi espíritu galopa
su respiración es el aire
no existen pulmones
ni exhalaciones ni inhalaciones.
Cuando mi espíritu galopa
sus cantos son notas
ocultas en las hojas secas
de un bosque en otoño.

Cuando mi espíritu galopa
sus colores son pinceladas
que reflejan alegrías y emociones
enmarcadas en el universo.

Cuando mi espíritu galopa
me abandona como un niño sin madre
y me siento como hijo del universo
dueño del todo desde sus orígenes hasta sus confines.

Cuando mi espíritu galopa
soy mar, viento, sangre, corazón
besos mojados y vientres excitados.

Y vuelve en tinta y papel
verso y poesía
rayones y ensayos
palabras exactas e inexactas
emociones de magos
tranvía de lejanas tierras
cantos del viento en el desierto
murmullos del mar
pensamientos sin formas ni palabras
imágenes congeladas de sonrisas de niños jugando
en parques destruidos por bombas cobardes.



lunes, 5 de octubre de 2009

POEMA 20


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
 y tiritan, azules, los astros a lo lejos». 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Yo la quise, a veces ella también me quiso.
 En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
 La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no
 haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella,
 Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla;
 La noche está estrellada, y ella no está conmigo.
 Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
 Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 La misma noche que hace blanquear los mismos árboles;
 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero cuánto la quise.
 Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro, Sus ojos infinitos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero tal vez la quiero;
 es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
 y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

POEMA DEL RENUNCIAMIENTO


 Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar, fingiré una sonrisa, como un dulce contraste del dolor de quererte ..., y jamás lo sabrás.

 Soñaré con el nácar virginal de tu frente, soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar, soñaré con tus labios desesperadamente, soñaré con tus besos ..., y jamás lo sabrás.

 Quizá pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca ..., y jamás lo sabrás.

Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos ..., y  jamás lo sabrás.

Y si un día una lágrima denuncia mi tormento -el tormento infinito que te debo ocultar-, te diré sonriente: "No es nada ... Ha sido el viento".Me enjugaré la lágrima..., ¡y jamás lo sabrás!.

jueves, 24 de septiembre de 2009

PERRO CALLEJERO


¡Hola, leal amigo! ¿No me reconoces? ¿Qué fue de tu vida desde que los míos del hogar te echaron?
¡Cuanto te he buscado, perro fiel y noble,
sin que te encontrara!
¿Qué hicistes, qué haces,
por dónde anduviste, por dónde es que andas?
¡Tú, que tan alegre
y vivo ladrabas...,
hay que verte ahora, cuán entristecido
y medroso ladras!
¡No tengas reparos, que te hablo sincero;
acércate, anda!
No me tengas miedo, que no soy cual ellos;
no bajes los ojos, los mismos levanta.

Y, cuando al mirarme,
veas mis miradas
que te miran dulces, como te miraron,
y, cual te prometo que lo harán mañana,
todas tus tristezas se habrán acabado
y nueva alegría verás que te embarga.

¡tú que tan alegre
y vivo ladrabas,
hay que verte ahora, cuán entristecido
y medroso ladrás!

Desde el día aciago en que injustamente
-sin que lo esperaras,
sin piedad alguna y con crueldad fría
se te echó de casa...

Tú que en otros días
la misma guardabas,
y con tus caricias, las melancolías
que nos asaltaban,
juguetón y noble,
nos las disipabas;
que tu gran cariño
siempre demostrabas,
ve la ingratitud de quienes amaste
-y defensor suyo, siempre acompañarás-,
cómo olvidadizos, duros, neronianos...,
al fin te pagaran.

¡Dime qué sentistes en tus soledades
de tan largos días de esta temporada!
¡Dime tus sufrires, lo que te ocurriera
y lo que te pasa!

¡Cuánto habrás sufrido hasta ver tu cuerpo
que infames microbios con su piel acaban!
Con penas intensas, al no tener techo, ni amor, ni cuidados,
y verte tratado, si acaso, a patadas...
Y no huyes, ¿verdad? No eres rencoroso;
tal vez porque alcanzas
a ver que cual todos, no soy
de la casa.

no eres rencoroso; y aún, al hallarnos,
con temor te acercas y con lastimeros ladridos me hablas;
no en altivo tono, tampoco humillado,
sino en doloridas, sentidas palabras,
que a tu fiel cariño así pagó dura
la perfidia humana...

aún no estás seguro de mí. ¿No te fías?
No tiemble tu cuerpo, recobra la calma...
Yo soy uno, sí uno de los hijos de aquella familia
que te echó de casa;
pero ausente de ella en aquel instante, no pude evitarlo;
y, aunque te he buscado, jamás te encontraba...

Pero al fín nos vimos! Y ahora que te encuentro
te digo que vengas sin desconfianza;
que vengas conmigo sin temor alguno,
pues que, independiente, tengo otra morada...

En la que hasta el día en que al fin expires,
hallarás cariño, reposo y olvido a tus cuitas tantas;
y abrigo y sustento, ya que tú nos quieres;
¡ven conmigo, anda!



domingo, 20 de septiembre de 2009

PÍNTAME ANGELITOS NEGROS


¡Ah mundo! La negra Juana,
¡la mano que le pasó!
Se le murió su negrito;
si, señor.

 ¡Ay compadrito del alma,
tan sano que estaba el negro!
Yo no le acataba el pliegue,
yo no le miraba el hueso;
como yo me enflaquecía,
lo medía con mi cuerpo,
se me iba poniendo flaco,
como yo me iba poniendo.
Se me murió mi negrito;
Dios lo tendría dispuesto;
Ya lo tendrá colocao
como angelito del cielo.

 Desengáñese comadre,
que no hay angelitos negros.
Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos
no te acuerdas de tu pueblo;
que cuando pintas tus vírgenes
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero;
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay un pintor que pintara
angelitos de mi pueblo.
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Angel de buena familia
no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.

Si sabes pintar tu tierra,
así has de pintar tu cielo,
con su sol que tuesta blancos,
con su sol que suda negros,
porque para eso lo tienes
calientito y de los buenos.

Aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay una iglesia de rumbo,
no hay una iglesia de pueblo
donde hayan dejando entrar
al cuadro angelitos negros.
Y entonces, ¿a dónde van,
angelitos de mi pueblo,
zamuritos de Guaribe,
torditos de Barlovento?

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar tu cielo,
cuando pintes angelitos
acuérdate de tu pueblo,
y  al lado del ángel rubio,
y junto al ángel trigueño,
aunque la Vírgen sea blanca,Píntame angelitos negros.

jueves, 17 de septiembre de 2009

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS



Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.

La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubios cabellos
la mira muy fijo, con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
una salmantina de rubios cabellos
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
el seminarista de los ojos negros;
Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sotana, marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla:  —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
Por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.

Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…



lunes, 14 de septiembre de 2009

NOCTURNO

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

Te acordaste del fruto en febrero,
al llegarse su pulpa rubí.

¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!


Te acordaste del negro racimo
y lo diste al lagar carmesí,
y aventaste las hojas del álamo
con tu aliento, en el aire sutil.

¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!


Caminando, vi abrir las violetas,
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos mis párpados
por no ver más enero ni abril.


Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.

¡Has herido la nube de otoño
y no quieres volverte hacia mí!


Me vendió el que besó mi mejilla,
me negó por la túnica ruin.


Yo en mis versos el rostro con sangre,
como tú sobre el paño, le di;
Y en mi noche del huerto me han sido:
Juan, cobarde, y el Angel hostil.


Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin;
el cansancio del día que muere,
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!


Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas, pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de tí:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

lunes, 19 de octubre de 2009

LA CASADA INFIEL


Y que yo me la llevè al rìo
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revolver.

Ella, sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo
la luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.

Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy:
Como un gitano legítimo.

Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

jueves, 15 de octubre de 2009

CUANDO MI ESPÍRITU GALOPA


Cuando mi espíritu galopa
sus pisadas no son percibidas
parecen sonidos de pétalos
abriéndose al sol.

Cuando mi espíritu galopa
su respiración es el aire
no existen pulmones
ni exhalaciones ni inhalaciones.
Cuando mi espíritu galopa
sus cantos son notas
ocultas en las hojas secas
de un bosque en otoño.

Cuando mi espíritu galopa
sus colores son pinceladas
que reflejan alegrías y emociones
enmarcadas en el universo.

Cuando mi espíritu galopa
me abandona como un niño sin madre
y me siento como hijo del universo
dueño del todo desde sus orígenes hasta sus confines.

Cuando mi espíritu galopa
soy mar, viento, sangre, corazón
besos mojados y vientres excitados.

Y vuelve en tinta y papel
verso y poesía
rayones y ensayos
palabras exactas e inexactas
emociones de magos
tranvía de lejanas tierras
cantos del viento en el desierto
murmullos del mar
pensamientos sin formas ni palabras
imágenes congeladas de sonrisas de niños jugando
en parques destruidos por bombas cobardes.



lunes, 5 de octubre de 2009

POEMA 20


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
 y tiritan, azules, los astros a lo lejos». 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Yo la quise, a veces ella también me quiso.
 En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
 La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no
 haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
 Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
 Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella,
 Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla;
 La noche está estrellada, y ella no está conmigo.
 Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca.
 Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
 La misma noche que hace blanquear los mismos árboles;
 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero cuánto la quise.
 Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
 De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro, Sus ojos infinitos.
 Ya no la quiero, es cierto; pero tal vez la quiero;
 es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
 Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
 y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

POEMA DEL RENUNCIAMIENTO


 Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar, fingiré una sonrisa, como un dulce contraste del dolor de quererte ..., y jamás lo sabrás.

 Soñaré con el nácar virginal de tu frente, soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar, soñaré con tus labios desesperadamente, soñaré con tus besos ..., y jamás lo sabrás.

 Quizá pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido, te amaré más que nunca ..., y jamás lo sabrás.

Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible, como un sueño que nunca lograré realizar; y el lejano perfume de mi amor imposible rozará tus cabellos ..., y  jamás lo sabrás.

Y si un día una lágrima denuncia mi tormento -el tormento infinito que te debo ocultar-, te diré sonriente: "No es nada ... Ha sido el viento".Me enjugaré la lágrima..., ¡y jamás lo sabrás!.

jueves, 24 de septiembre de 2009

PERRO CALLEJERO


¡Hola, leal amigo! ¿No me reconoces? ¿Qué fue de tu vida desde que los míos del hogar te echaron?
¡Cuanto te he buscado, perro fiel y noble,
sin que te encontrara!
¿Qué hicistes, qué haces,
por dónde anduviste, por dónde es que andas?
¡Tú, que tan alegre
y vivo ladrabas...,
hay que verte ahora, cuán entristecido
y medroso ladras!
¡No tengas reparos, que te hablo sincero;
acércate, anda!
No me tengas miedo, que no soy cual ellos;
no bajes los ojos, los mismos levanta.

Y, cuando al mirarme,
veas mis miradas
que te miran dulces, como te miraron,
y, cual te prometo que lo harán mañana,
todas tus tristezas se habrán acabado
y nueva alegría verás que te embarga.

¡tú que tan alegre
y vivo ladrabas,
hay que verte ahora, cuán entristecido
y medroso ladrás!

Desde el día aciago en que injustamente
-sin que lo esperaras,
sin piedad alguna y con crueldad fría
se te echó de casa...

Tú que en otros días
la misma guardabas,
y con tus caricias, las melancolías
que nos asaltaban,
juguetón y noble,
nos las disipabas;
que tu gran cariño
siempre demostrabas,
ve la ingratitud de quienes amaste
-y defensor suyo, siempre acompañarás-,
cómo olvidadizos, duros, neronianos...,
al fin te pagaran.

¡Dime qué sentistes en tus soledades
de tan largos días de esta temporada!
¡Dime tus sufrires, lo que te ocurriera
y lo que te pasa!

¡Cuánto habrás sufrido hasta ver tu cuerpo
que infames microbios con su piel acaban!
Con penas intensas, al no tener techo, ni amor, ni cuidados,
y verte tratado, si acaso, a patadas...
Y no huyes, ¿verdad? No eres rencoroso;
tal vez porque alcanzas
a ver que cual todos, no soy
de la casa.

no eres rencoroso; y aún, al hallarnos,
con temor te acercas y con lastimeros ladridos me hablas;
no en altivo tono, tampoco humillado,
sino en doloridas, sentidas palabras,
que a tu fiel cariño así pagó dura
la perfidia humana...

aún no estás seguro de mí. ¿No te fías?
No tiemble tu cuerpo, recobra la calma...
Yo soy uno, sí uno de los hijos de aquella familia
que te echó de casa;
pero ausente de ella en aquel instante, no pude evitarlo;
y, aunque te he buscado, jamás te encontraba...

Pero al fín nos vimos! Y ahora que te encuentro
te digo que vengas sin desconfianza;
que vengas conmigo sin temor alguno,
pues que, independiente, tengo otra morada...

En la que hasta el día en que al fin expires,
hallarás cariño, reposo y olvido a tus cuitas tantas;
y abrigo y sustento, ya que tú nos quieres;
¡ven conmigo, anda!



domingo, 20 de septiembre de 2009

PÍNTAME ANGELITOS NEGROS


¡Ah mundo! La negra Juana,
¡la mano que le pasó!
Se le murió su negrito;
si, señor.

 ¡Ay compadrito del alma,
tan sano que estaba el negro!
Yo no le acataba el pliegue,
yo no le miraba el hueso;
como yo me enflaquecía,
lo medía con mi cuerpo,
se me iba poniendo flaco,
como yo me iba poniendo.
Se me murió mi negrito;
Dios lo tendría dispuesto;
Ya lo tendrá colocao
como angelito del cielo.

 Desengáñese comadre,
que no hay angelitos negros.
Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos
no te acuerdas de tu pueblo;
que cuando pintas tus vírgenes
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero;
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay un pintor que pintara
angelitos de mi pueblo.
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Angel de buena familia
no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.

Si sabes pintar tu tierra,
así has de pintar tu cielo,
con su sol que tuesta blancos,
con su sol que suda negros,
porque para eso lo tienes
calientito y de los buenos.

Aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay una iglesia de rumbo,
no hay una iglesia de pueblo
donde hayan dejando entrar
al cuadro angelitos negros.
Y entonces, ¿a dónde van,
angelitos de mi pueblo,
zamuritos de Guaribe,
torditos de Barlovento?

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar tu cielo,
cuando pintes angelitos
acuérdate de tu pueblo,
y  al lado del ángel rubio,
y junto al ángel trigueño,
aunque la Vírgen sea blanca,Píntame angelitos negros.

jueves, 17 de septiembre de 2009

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS



Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.

La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubios cabellos
la mira muy fijo, con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
una salmantina de rubios cabellos
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
el seminarista de los ojos negros;
Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sotana, marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla:  —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
Por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.

Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…



lunes, 14 de septiembre de 2009

NOCTURNO

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

Te acordaste del fruto en febrero,
al llegarse su pulpa rubí.

¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!


Te acordaste del negro racimo
y lo diste al lagar carmesí,
y aventaste las hojas del álamo
con tu aliento, en el aire sutil.

¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!


Caminando, vi abrir las violetas,
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos mis párpados
por no ver más enero ni abril.


Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.

¡Has herido la nube de otoño
y no quieres volverte hacia mí!


Me vendió el que besó mi mejilla,
me negó por la túnica ruin.


Yo en mis versos el rostro con sangre,
como tú sobre el paño, le di;
Y en mi noche del huerto me han sido:
Juan, cobarde, y el Angel hostil.


Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin;
el cansancio del día que muere,
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!


Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas, pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de tí:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿Por qué te has olvidado de mí?

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